26 ene 2012
Tratamientos psiquiátricos mal llevados (primera parte)
En las siguientes dos entradas hablaremos acerca de un fenómeno bastante común entre los pacientes que están siguiendo un tratamiento psiquiátrico: el de recibir la receta y las indicaciones del médico, ir a su casa y de pronto hacer cambios en dicho tratamiento sin consultarle al profesional a cargo, de tal forma que no se hace lo que se recomendó sino que se hacen cosas diferentes esperando, un poco ingenuamente, los mismos resultados.
Lo que se debería hacer con el tratamiento psiquiátrico
Adelantando un poco la conclusión a la que quisiera llegar, cuando uno sigue tratamiento con un médico psiquiatra habría por lo menos dos máximas (se presupone que haya confianza en el profesional y que éste sea un médico adecuado):
Máxima 1: hacer con el tratamiento y los medicamentos recetados exactamente lo que el médico ha recomendado, ni más ni menos.
Máxima 2: contarle al médico todo lo que tenga que ver con la medicación y con el estado de salud (física y mental) del paciente. Para ello uno tiene que sacar cita con el médico apenas vea que haya algo qué conversar. Los médicos no suelen llamar a sus pacientes, uno tiene que buscarlos.
Lo que no se debería hacer con el tratamiento psiquiátrico
Sin embargo, pareciera que hay una suerte de tendencia cuando se trata de llevar tratamiento médico con un psiquiatra. Se tiende mucho a actuar y manejar los medicamentos al margen de la recomendación médica. Los pacientes o los papás de los pacientes (cuando se trata, por ejemplo, de menores de edad) parecen tender a:
1) Variar sus dosis según sus propios criterios.
2) Decidir qué medicamentos tomar y cuáles no, cuando se le han indicado dos o más productos.
3) Abandonar el tratamiento médico.
Las tres opciones suelen traer resultados muy negativos. Veamos ahora las dos primeras y la tercera en la siguiente publicación:
1) Variar sus dosis según sus propios criterios
Las personas pueden optar por esta acción cuando por ejemplo:
a) Se presentan efectos secundarios indeseables, como somnolencia, asco a la comida, euforia o sensación constante de cansancio:
Es probable que efectivamente disminuyan los efectos secundarios, haciendo sentir al paciente o a sus padres que tenían razón. Nada más equivocado. Ese paciente estará ahora en riesgo, por ejemplo, de ver agravados posteriormente sus síntomas o tal vez de no encontrar efectividad en
el tratamiento.
Lo que se debe hacer en este caso es sacar una cita con el médico e informarle acerca de la presencia e intensidad de los efectos indeseables. El médico es la única persona capacitada para utilizar esa información y recomendar acciones para aliviarlos.
b) Cuando el paciente o sus padres ven que hay mejoría aparece la tentación de retirar paulatinamente el medicamento, sin consultarlo con el médico:
La idea es más o menos la misma. Si se lleva a cabo una disminución paulatina o, peor aun, abrupta de los medicamentos o productos recetados sin hacer partícipe de esto al médico a cargo, se corre un riesgo muy grande de precipitar una finalización de tratamiento antes de tiempo, lo que a su vez podría traer un retroceso en lo avanzado o una "recaída", con lo que los síntomas regresarían con más fuerza. Parte de lo lamentable de estos hechos es que la inversión de tiempo, de dinero y de disposición por parte del paciente y/o sus padres no habría alcanzado sus objetivos, quedando quizás la experiencia de aprendizaje, si acaso el paciente o sus padres son conscientes de su propia responsabilidad en el fracaso.
2) Decidir qué medicamentos tomar y cuáles no, cuando se le han indicado dos o más productos
Muchas veces, los médicos recetan más de un producto a un mismo paciente. Y muchas veces los pacientes o sus padres optan unilateralmente por decidir cuál de ellos toma y cuál no toma. Esto puede ser muy perjudicial, puesto que con ello se puede estar descompletando una estrategia de tratamiento que necesita del conjunto que el psiquiatra ha armado y que si se quita una o más partes, se vuelve ineficaz o incluso dañino para la persona. Esto se puede entender como una máquina a la que se le quitan piezas y se pretende que siga funcionando.
Las razones por las que las personas hacen esto con las indicaciones de su médico también incluyen las dos razones de la sección anterior (efectos secundarios indeseables, en este caso del medicamento rechazado, y/o mejoría del paciente). Pero también podemos hablar de otras razones, por ejemplo:
a) “No me gusta la idea de tomar tantas pastillas” o “no me gusta la idea de que mi hijo tome tantas pastillas”:
En este caso cabe preguntarse si uno está dispuesto a ponerse en manos de la ciencia médica o quizás prefiera otro tipo de intervenciones en salud que ofrezcan remplazar a la medicina científica. Si uno opta por la medicina científica debería seguir las indicaciones correctamente, pues con este tipo de acciones lo que puede lograr es el efecto contrario, es decir, que el tratamiento médico sea menos efectivo y que por tanto dependa más tiempo de las pastillas que la misma persona no desea utilizar.
b) “No estoy de acuerdo con parte del diagnóstico del doctor y, por tanto, no tomaré el medicamento o medicamentos para aquello que creo que no tengo”:
Por ejemplo, el psiquiatra ve que el paciente está muy temeroso e inseguro y que, además, está deprimido; pero el paciente no cree que él esté deprimido, así que no toma los antidepresivos. Lo mismo se puede dar con niños. En ese caso, son los papás los que no siguen lo que dice el médico.
Ya de por sí, es poco saludable mostrarse “en desacuerdo” con lo que dice el médico, por la sencilla razón de que uno no es médico y, por tanto, no sabe diagnosticar ni descartar un diagnóstico. Es como si el cliente le dijera a su contador, “no estoy de acuerdo con los impuestos que tengo que pagar, así que no los cancelaré”. La consecuencia obvia será una buena multa por parte de la SUNAT. En general no es saludable “estar en desacuerdo” con un profesional de una rama cuando uno no lo es.
Por otro lado, lo más probable es que lo que el médico entienda por “depresión” sea bastante diferente de lo que el paciente entiende por “depresión”. Por eso es mejor, en vez de “estar en desacuerdo”, escuchar la explicación del médico como quien aprende una palabra nueva.
c) “No tengo dinero para comprar tantas pastillas”:
Esta tal vez sea la única de estas tres razones que tenga cierta validez. El problema es que muchas veces los pacientes no le informan al médico esta realidad y se van de la farmacia simplemente con la idea de no cumplir con la totalidad del tratamiento, en vez de pensar “esto es muy costoso para mí, tengo que llamar al doctor para contarle”.
Aquí hay que acordarse de que el médico no es adivino; no tiene por qué saber que la persona no tiene los suficientes recursos económicos. Posiblemente el psiquiatra está recetando los medicamentos originales, que siempre son más caros que los genéricos, en ese caso, si el médico está de acuerdo, puede recetar los genéricos y bajar ese presupuesto tan elevado. A veces el médico conoce otras formas o lugares donde conseguir los medicamentos que ha recetado. Recuerdo, por ejemplo, que existía (no sé si aún hoy) una asociación de padres con niños con TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad). Si mal no recuerdo, hacerse socio de ella traía el beneficio de acceder a precios especiales en las medicinas para TDAH. En su momento tuve información de que habían muchos papás que accedieron a estos beneficios hablándoles a sus médicos acerca de la dificultad económica.
Y posiblemente, si no hay otra salida, haya que variar la estrategia de tratamiento para bajar el costo. En fin, hay muchas posibilidades de solución, pero para acceder a esas posibilidades hay que contarle el problema al médico y no simplemente quedarse callado y seguir el tratamiento a medias, poniendo en riesgo la salud del paciente.
Continuará en la siguiente entrada
16 dic 2011
Cuidado: no todos los videojuegos son aptos para menores
Varias veces he escuchado a profesionales reflexionando acerca del impacto de los videojuegos en el desarrollo de los jóvenes de esta época. Generalmente escucho valoraciones negativas. Por ahí escuché a alguien comentar que con los videojuegos violentos los niños se estaban acostumbrando a matar con sólo hacer un click.
La satanización de los videojuegos
Sí, es verdad. En muchísimos videojuegos presionas una tecla y, como consecuencia, disparas, golpeas, lanzas algo, apuñalas o atacas con cualquier cosa. Sin embargo, parece que nos olvidamos de que se trata de juegos, y los que juegan, en su mayoría, saben que se trata de un juego, de una situación simulada, no real.
Al tomar una pistola de juguete y hacer “bang” también se mata a alguien... de juego. Si el niño tiene padres que no le compran armas de juguete, al jugar a pelear a muerte con un rival también se lo está matando... nuevamente de juego. La muerte se juega en innumerables ocasiones a lo largo de la vida de los niños y adolescentes, y eso es así desde tiempos inmemorables.
Con la violencia pasa lo mismo. No se necesita estar sentado frente a una computadora o a una consola para jugar a violencia. En suma, a veces no sólo olvidamos que los videojuegos son juegos, sino que también creemos que son los únicos juegos violentos que existen.
Captura de pantalla de Star Wars III: The Clone Wars, videojuego de acción apto para niños a partir de 7 años.
Portada de Star Wars III: The Clone Wars. Poner atención en el número que figura en la esquina inferior izquierda; indica que el juego es apto para niños a partir de los 7 años (hacer click en la imagen para verla en su tamaño original).
Captura de The Legend of Zelda: Twilight Princess; acción apta para adolescentes.
Portada de The Legend of Zelda: Twilight Princess. Nuevamente poner atención en el aviso para padres. Se indica que el juego es apto para jóvenes de 12 años en adelante.
Videojuegos para adultos
Pero hay otra cosa tanto o más importante que la anterior, y esta no es que la olvidamos sino que en muchos casos la ignoramos por completo. No todos los videojuegos son aptos para niños y no todos los videojuegos son aptos para adolescentes. Al igual que en el cine, la televisión o la literatura, existen videojuegos cuyo público objetivo es un público exclusivamente adulto y, lamentablemente, muchas veces he sabido que estos videojuegos están en las consolas o en las computadoras de muchos niños o adolescentes, suministrados por sus propios padres.
Captura de Assassins Creed II. Sin duda este tipo de gráficos puede seducir a muchos menores de edad. Lo cierto es que Assassins Creed II ha sido calificado como un juego de adultos.


Con esto quiero resaltar que de repente no es que los videojuegos sean productos moralmente malos que están descarriando a nuestros hijos, sino que los estamos utilizando de muy mala manera. Por ejemplo, pensemos en la televisión. Supongamos lo siguiente: si dejáramos todos los canales de televisión abiertos y libres las 24 horas del día, sin horarios de protección y sin cuidado de los padres, posiblemente encontraríamos púberes enganchados con pornografía a diestra y siniestra. En ese caso, ¿es la televisión la que es mala o es que se está utilizando muy mal esa tecnología? Pues bien, puede que lo mismo ocurra con los videojuegos en muchas familias. Muchos papás, sin proponérselo, están exponiendo a sus hijos a contenidos absolutamente inadecuados para su edad, cuyos fabricantes los han desarrollado pensando en los adultos de la casa y no en sus hijos.
Captura de War in the North, un videojuego que gira alrededor del universo creado por J.R. Tolkien, creador de El Señor de los Anillos. Muchos papás podrían pensar que esto sería perfecto para sus hijos, pero no cuentan con que War in the North también ha sido calificado como apto sólo para adultos.
En suma, hay que informarse acerca del producto que le vamos a regalar a nuestros hijos antes de comprarlo. Hay que recordar que el hecho de que se trate de un videojuego no quiere decir necesariamente que sea apto para menores.
Finalmente...
Para muestra un botón: cuatro excelentes videojuegos, los cuatro se ganaron su sitio dentro de los clásicos de la industria, los cuatros son para adultos, y los cuatro pueden ser encontrados con alarmante frecuencia entre las pertenencias de menores edad e incluso de niños pequeños:
Una de las entregas de la famosa saga GTA (Grand Theft Auto). Recuerdo muy bien hace un par de años a varios pacientes jugando la versión para Nintendo DS. Uno de ellos tenía 10 años, otro 8 recién cumplidos. En todos los casos, la copia del juego fue obsequio de sus propios papás. Prestar atención al recuadro de la esquina inferior izquierda. Es un sistema de clasificación diferente al que hemos mostrado hasta ahora. La "M" significa "Mature" y quiere decir que el juego es apto sólo para mayores de 17 años.

La primera entrega de la saga Resident Evil, también conocida como "Biohazard". Este juego data de 1996, pero desde entonces salieron muchas secuelas hasta la actualidad. Incluso salió una versión de esta primera parte para la consola portátil Nintendo DS, de uso de muchísimos niños y adolescentes de esta época.

Silent Hill es otra saga de videojuegos, similar a Resident Evil, pero más siniestra, oscura y terrorífica. Su trama es sumamente compleja, se diría incluso filosófica, sólo una persona con cierta madurez podría entender realmente de qué se tratan estas historias, lo que significa que sólo una persona madura podría entender a qué está jugando realmente.
Y finalmente uno de los juegos de la saga Call of Duty, un clásico contemporáneo. En este juego la guerra se muestra (y se juega) en todo el realismo y brutalidad posibles actualmente. Para comprobar la cantidad de niños y adolescentes menores de 17 años que juegan este videojuego o algún otro de la saga, basta con ingresar a jugar multijugador por internet. Ahí usted podrá encontrarse con muchísimos menores jugando diariamente. También recuerdo pacientes jugando Call of Duty. El menor que recuerdo tenía 8 años y su copia de Call of Duty fue obsequiada, nuevamente, por sus papás.

Captura de Call of Duty 4: Modern Warfare (hacer click en la imagen para verla en su tamaño original).

Captura de Call of Duty 4: Modern Warfare (hacer click en la imagen para verla en su tamaño original).
Diego Fernández Castillo
Psicoterapeuta
diego.fernandezc@pucp.edu.pe
8 dic 2011
Ciclo de la agresión en la pareja
En las últimas entradas hemos venido hablando de la agresión y de la violencia. Hablamos de la agresión de padres a hijos y de la agresión de hijos a padres. Ahora daremos una mirada a la agresión en la pareja, a propósito de una imagen que encontramos en internet:
Se trata de una imagen muy clara del círculo vicioso que se da en muchas parejas que funcionan con el ingrediente del maltrato físico y/o psicológico. Para que el círculo se mantenga vivo es necesario que ambos miembros de la pareja lo permitan: el agresor ataca y luego se arrepiente; y el agredido se deja atacar y luego perdona. Es importante cosiderar esto último para evitar caer en la tentación de creer que uno es el malo de la película y el otro es la víctima indefensa. En la mayoría de casos el agredido no sólo permite ser agredido sino que lucharía por mantener su relación tal cual está.
Si hablamos de necesidades de salud mental, ambos miembros necesitarían apoyo profesional. Asimismo, el hecho de que no haya buenos ni malos en estas relaciones de pareja, no quita la necesidad de que los profesionales (judiciales, de salud, asistencia social, autoridades) apoyen y ofrezcan su trabajo a uno o ambos miembros de una pareja de estas características que deseen salir de este círculo. Por ejemplo, no se trata de que el policía que recibe la denuncia le diga a la mujer maltratada "¿te ha pegado? ¿qué habrás hecho, pues?". Se trata de que reciba la denuncia y le dé curso; hay una mujer que desea salir del círculo y eso merece toda la dedicación posible. Además ella tiene razón, nadie puede pegarle.
Finalmente, hay que considerar variantes en este círculo que hemos compartido con ustedes. Puede que no haya golpes sino insultos, puede que no haya fase de arrepentimiento, puede que se inviertan los papeles y sea ella quien le pega a él, puede que se trate de una pareja homosexual. En fin, hay muchas posibilidades donde lo común es el maltrato que se recibe de la pareja.
Se trata de una imagen muy clara del círculo vicioso que se da en muchas parejas que funcionan con el ingrediente del maltrato físico y/o psicológico. Para que el círculo se mantenga vivo es necesario que ambos miembros de la pareja lo permitan: el agresor ataca y luego se arrepiente; y el agredido se deja atacar y luego perdona. Es importante cosiderar esto último para evitar caer en la tentación de creer que uno es el malo de la película y el otro es la víctima indefensa. En la mayoría de casos el agredido no sólo permite ser agredido sino que lucharía por mantener su relación tal cual está.
Si hablamos de necesidades de salud mental, ambos miembros necesitarían apoyo profesional. Asimismo, el hecho de que no haya buenos ni malos en estas relaciones de pareja, no quita la necesidad de que los profesionales (judiciales, de salud, asistencia social, autoridades) apoyen y ofrezcan su trabajo a uno o ambos miembros de una pareja de estas características que deseen salir de este círculo. Por ejemplo, no se trata de que el policía que recibe la denuncia le diga a la mujer maltratada "¿te ha pegado? ¿qué habrás hecho, pues?". Se trata de que reciba la denuncia y le dé curso; hay una mujer que desea salir del círculo y eso merece toda la dedicación posible. Además ella tiene razón, nadie puede pegarle.
Finalmente, hay que considerar variantes en este círculo que hemos compartido con ustedes. Puede que no haya golpes sino insultos, puede que no haya fase de arrepentimiento, puede que se inviertan los papeles y sea ella quien le pega a él, puede que se trate de una pareja homosexual. En fin, hay muchas posibilidades donde lo común es el maltrato que se recibe de la pareja.
4 dic 2011
¿Pegan a un papá?
Ilustración: Lucía Fernández
La semana pasada bajaba por las escaleras de un estacionamiento cuando fui testigo de una escena peculiar, aunque nada nueva. Por delante había una mamá que bajaba por las escaleras; detrás un niño de unos nueve o diez años con su papá al lado bajaban los primeros escalones. Por alguna razón al niño le costaba bajar y su papá lo estaba animando. El niño, sintiéndose presionado protestó diciendo que no le era tan fácil y de pronto ¡zas! Levantó la mano y le dio a su papá en la espalda. Si no le llegó a dar, tuvo la clara intención de hacerlo y el papá vio el intento. De todas formas creo recordar que sí le dio.
Seguidamente el papá dijo algo en tono explicativo. La mamá ya se encontraba abajo y no decía nada. Entonces el niño respondió argumentando y concluyó con un sonoro “papá, ¡¿qué tienes en la cabeza?!”, bastante agresivo, bastante irrespetuoso, chocante e incómodo, al menos para mí.
Bueno, ya sabemos lo que significa la pregunta de qué tienes en la cabeza. Se trata de la sospecha de que la persona no tiene sesos en la cabeza y de que tal vez tenga otra cosa, como podría ser materia fecal, completando el ya conocido “¿acaso tienes caca en la cabeza?”. En pocas palabras, “papá, te estás comportando como un imbécil”.
Las cosas no pasan porque sí
Como dije, este tipo de situaciones no son nuevas. Lamentablemente he podido ver varios casos de niños o adolescentes que aparecen encima de sus padres, ordenando, condicionando, amenazando, chantajeando, castigando, reprendiendo e incluso golpeándolos.
Este tipo de cosas no suceden por asuntos circunstanciales, no se dan de un momento a otro, no se dan sin toda una historia detrás. Por lo general, un niño subido sobre la autoridad de sus papás tiene tras de sí toda una historia de falta de autoridad y de límites que seguramente se remonta directamente a sus primeros meses de nacido.
Por ejemplo, podemos tener a unos papás o a un papá o mamá sintiéndose culpables por cualquier cosa con su bebé, temerosos, sobreprotectores o tal vez, al contrario, negligentes pero igualmente muy culposos. En una entrada anterior veíamos que a veces los papás se sienten culpables por el sólo hecho de desear salir con su pareja y dejar al bebé en casa al cuidado de otra persona, como si esa fuera la gran irresponsabilidad.
O por ejemplo, podríamos ver a un niño o niña sentados en su silla, aprendiendo a comer y de pronto, ¡zas! Un manazo a su mamá. O de pronto, ante su rabia y frustración, ¡zas! La cuchara con todo y comida sobre la cara de la mamá. ¿A qué atina la mamá?
Probablemente débil y sintiéndose culpable por sólo imaginarse alzando la voz o reprendiendo fuertemente a su niño o niña, acabe sólo diciendo alguna cosa o manifestando su molestia. De esa forma, esa criatura que recién aprende a comer sola, recibe ya el mensaje de que si quisiera podría lanzarle cosas a sus padres y de que no habría otra consecuencia más que la molestia de ellos, y a veces ni siquiera eso. No nos sorprenderá entonces ver a un niño más grande o adolescente completamente entronado sobre sus padres.
Los límites desde el comienzo
En esta entrada no voy a detallar cómo poner límites a los niños ante situaciones particulares. Espero poder publicar entradas con consejos específicos más adelante. Lo que quisiera dejar claro acá es que un niño no puede tener siquiera la posibilidad de alzarle la mano a sus papás, no debería poder insultarlos ni decir palabrotas delante de ellos, y tampoco debería tener el poder de manejarlos según sus deseos.
Desde muy pequeñitos los niños deben ir experimentando el hecho de que sus papás son la autoridad, de que ellos son los grandes, de que ellos los cuidan y de que ellos están a cargo. Cuando el niño o niña pega, insulta o maltrata a sus padres, ese niño o niña experimenta a unos papás sin autoridad, pequeños y débiles. Esto lo que genera es una sensación de inseguridad, de desconfianza, de desamparo, de descontrol, de culpa, entre otras, dado que si no hay alguien fuerte, si no hay autoridad, si no hay quién esté a cargo, ¿quién le da seguridad al niño? ¿Quién lo sostiene? ¿Quién lo protege si los papás no pueden protegerse ni siquiera de alguien tan pequeño como su propio hijo?
¿Y si no puedo?
Lo que sí se puede recomendar desde ya es lo siguiente: si su niño pequeño (de tres años o menos) está muy agresivo con usted y se da cuenta de que no puede controlarlo, las situaciones se repiten u otros de su confianza se dan cuenta de que usted no está pudiendo manejarlo, es necesario que no pierda tiempo y lo consulte con un psicólogo o psicoterapeuta. Es importante saber que este no es un problema del niño, este es un asunto de usted como papá o mamá, un asunto personal que le impide criar a su hijo con una autoridad y una seguridad óptimas. Si usted opta por mantener la situación como está, esperando a que se resuelva sola, lo que muy probablemente suceda es que su niño crezca con estos condicionamientos y el problema pase de ser suyo, a ser de su hijo con usted y con el mundo que lo rodea, lo que ya es más grave y más complicado de tratar.
Si su niño de cuatro años en adelante o adolescente ya pega, insulta, falta el respeto o tiene excesivo poder sobre ustedes, el problema es tanto de los papás como del hijo. Lo recomendable es llevar a su niño o adolescente con un psicoterapeuta. Lo más probable es que el profesional que lo vea les dé indicaciones a ustedes también como papás.
¿Y si no hago nada?
Las consecuencias de que un niño o niña crezca sin autoridad y sin límites pueden ser enormemente variadas y dependen de la historia particular de la familia. Sin embargo, puedo poner ejemplos variados de consecuencias que he visto en la práctica clínica, muchas de ellas entremezcladas entre sí: trastornos de personalidad (muy graves), niños o adolescentes disociales (perpetran prácticas antisociales o pre delincuenciales), adultos antisociales, ausentismo escolar, bajo rendimiento académico, impulsividad, adicciones (alcoholismo, drogadicción, nuevas adicciones), comportamiento sadomasoquista, problemas de identidad sexual, delincuencia, pandillaje, acoso escolar (como victimarios), fobias, terror nocturno, ansiedad generalizada, depresión, baja autoestima, entre otros.
Lo mejor es ver las consecuencias en ejemplos concretos. Tal vez en una entrada futura recomendemos alguna película o material para poder ver una situación específica que sirva de ilustración a lo que acabo de mostrar.
Diego Fernández Castillo
Psicólogo - psicoterapeuta
diego.fernandezc@pucp.edu.pe
28 nov 2011
El horror de maltratar a nuestros hijos
Dañar o agredir a la prole cuando aún no ha completado su desarrollo hacia la adultez es una práctica que casi se encuentra sólo en el ser humano. Cuando se ven casos de agresión de padres a hijos en otras especies, generalmente se encuentran razones que permiten entender que finalmente la naturaleza opera según un orden, a veces cruel, pero fácilmente comprensible. En el caso del ser humano esto es más complicado, ya que las razones que encontramos nos remiten directamente a la psicopatología y no a un orden natural.
Aquí sólo voy a tratar de poner énfasis en un sólo punto ligado al maltrato que pueden sufrir los niños y adolescentes por parte de sus padres. Éste punto tiene que ver con el rompimiento de un orden natural para ceder a una humanidad trastocada por la enfermedad y por el horror que no debería ser.
Se supone que en la generalidad de animales superiores, como lo es el ser humano, el padre y/o la madre, son sujetos que no sólo traen al mundo a su criatura, sino que justamente son llamadas por su propia naturaleza a cuidarla, protegerla, alimentarla y prepararla para la adultez.
Cuando se trata del maltrato físico o psicológico de parte de los padres a sus propios hijos es necesario comprender que en dichas situaciones se quiebran, se destruyen estos supuestos naturales, especialmente el que llama a cualquier padre (hasta a la madre de un perro o del ganado) a proteger a su criatura.
Cuando un padre o una madre empieza a golpear, a insultar, a humillar a su hijo o hija, a abusar de él o ella, en la mente de ese niño o niña se está destruyendo ese supuesto. Su padre o su madre se transforma dolorosamente, incomprensiblemente, de la figura que supuestamente debería protegerla, a la figura que utiliza su poder para hacerle daño. El orden de las cosas se trastoca, la vida se convierte en una amenaza, el amor se mezcla con el odio y el resentimiento, se empieza a crecer con la certeza insana de que la amenaza más cercana, de que el daño más probable que podamos recibir, proviene de nuestros propios padres y de que nadie puede protegernos de eso como lo podría hacer justamente el papá o la mamá de cualquier animal.
Esta es sólo una de las muchas razones por las que es necesario desterrar de los hogares la práctica de maltratar física o psicológicamente a los hijos. En futuras entradas desarrollaremos más de estas razones.
Diego Fernández Castillo
Psicólogo - psicoterapeuta
diego.fernandezc@pucp.edu.pe
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14 nov 2011
Una pareja y su bebé
No sin razón muchas personas suelen decir que la llegada de un bebé cambia por completo la vida de una pareja. La vida de aquellas dos personas, especialmente si la pareja se mantiene junta y se hace cargo de su hijo, ya no volverá a ser la misma. Este cambio tan radical, lógicamente, puede generar miedo. Uno de los temores que pueden aparecer en los papás tiene que ver con la posibilidad de que la relación de pareja deje de ser la misma, se deteriore o sufra una transformación no deseada. Este temor puede aparecer más fuerte mientras más placentera haya sido la etapa anterior a la paternidad.
Temores fundados
Lamentablemente, muchísimas veces este temor se hace realidad. El bebé mantiene ocupados a los papás, especialmente a la mamá, y uno de ellos o ambos pueden llegar a olvidarse la mayor parte del tiempo de que tienen una pareja y que con ella hay una relación que no se limita solamente a su rol de padres. Los papás pueden sentir celos de su propio bebé, que la vida cambió para mal, que la pareja se olvidó de uno.
Cuando esto se mantiene en el mediano o largo plazo, la relación entre la pareja puede verse afectada negativamente, y esto lógicamente afectará a la larga a la familia y al mismo niño más adelante. Por eso, es útil pensar la forma de salvaguardar la vida de pareja. Es verdad que ahora son tres, pero eso no quita que sigan siendo una pareja de a dos.
Seguir siendo una pareja
Para mantener viva la relación de pareja y preservar lo mejor posible lo placentero de la etapa anterior, pueden buscar una cantidad razonable de momentos en los que juntos hagan una pausa de su vida de padres y se dediquen a disfrutar de su vida de pareja.
Intenten establecer esos momentos como parte de su rutina semanal. Si se puede, tómense toda una tarde con parte de su noche del fin de semana, como lo hacían antes. Busquen el apoyo de familiares o personas de confianza para cuidar del bebé o del niño en esos momentos. Por ejemplo, a muchos abuelos les encanta estar con sus nietos (lo que no significa que se permita que ellos los críen). Esto ayudará también a que desde bebito, el niño sepa relacionarse con su entorno más cercano y no se limite siempre a su mamá. Además, el bebé vivirá la experiencia de que también puede apoyarse en otras personas que lo quieren, además de sus papás.
Durante la semana, después del trabajo o en algún momento libre, pueden ir a pasear o a tomar algo. Aquí no se trata de que se sienten en la mesa del comedor de la casa a escuchar música o a tomar un café. Lo más seguro es que la pareja sea interrumpida por el mismo hijo o que se la pasen hablando de las cosas que hay que hacer en la casa. De lo que se trata es que de vez en cuando se diviertan juntos, como lo hacían antes y como aún lo saben hacer.
Si no es posible apoyarse en nadie, ya que no hay familia de confianza y/o no hay recursos para contratar a alguien en esos momentos, pueden aprovechar los momentos en los que el bebé duerme para hacer algo juntos, aunque sea en la misma casa, si no hay más salida. Apenas el niño esté en edad para realizar actividades fuera (por ejemplo, el nido), pueden aprovechar esas horas para retomar sus momentos juntos y ver la forma de que se acomoden los horarios de trabajo a esta necesidad.
Traten de dejar todo listo para evitar interrupciones cuando salgan. Al comienzo será seguramente difícil mantenerse fuera de contacto con la casa, pero conforme se tome experiencia, habrá más confianza y seguridad en la responsabilidad de cada quien. De lo que se trata es de que los momentos juntos no sean perturbados, sin caer en la negligencia. Hay que hacer el acuerdo explícito con las personas que verán al bebé o al niño durante ese tiempo que si hay una situación que lo amerite ellos deberán comunicarse y no esperar a que sean los papás los que llamen. Esto permitirá que los papás puedan poco a poco olvidarse de estar llamando a la casa a cada momento para ver si todo anda bien.
Si hay deseos de pasarla juntos, pero cierto temor o inseguridad en uno o ambos papás, intenten salir sin alejarse mucho de la casa, de tal forma que si hay alguna emergencia, puedan acudir rápidamente. Más adelante, con más confianza y de repente con una situación más estable y segura, puedan alejarse un poco más o ir tranquilamente al teatro, al cine o a algún concierto, situaciones que implican una mayor desconexión y que despiertan también mayores temores.
Sentir que no se puede
Muchas situaciones pueden generar la sensación de que no se puede hacer nada de lo dicho arriba. Una de ellas es la inseguridad. El miedo excesivo, esa aprehensión de padres que lleva a la sobreprotección puede volverse uno de los peores enemigos para la relación de una pareja con niños pequeños. Si alguno de los papás no puede dejar de tener miedo o inseguridad, no puede dejar de pensar en cómo estará el bebé o niño, no puede confiar en nadie que cuide de su hijo, siente mucha culpa por no estar con él y no puede disfrutar de estos pequeños momentos con su pareja, sin una razón suficiente que justifique estos sentimientos negativos, es preciso tomar el hecho como un problema y ver la forma de resolverlo.
Si pasa el tiempo y la situación no cambia y genera desgaste en la relación de pareja, aunque sea indirectamente, sería muy provechoso consultar el asunto con un profesional. Si uno de los papás no quiere hacerlo, no hay que temer hacer una consulta solo, como papá o como mamá, ya que se trata de la salud emocional de la familia, de la pareja, de uno mismo y del propio bebé. Lo más seguro es que el papá o mamá excesivamente temeroso esté arrastrando problemáticas anteriores, muy posiblemente ligadas a su propia infancia.
¿A dónde apuntar?
Una relación de pareja viva, apasionada y placentera ayuda a que estén contentos como papás y cumplan con su rol más despejados y con menos tensiones, además de que sean unos papás que se proveen de placer mutuamente y que se relacionan bien entre ellos.
En cambio una relación de pareja ahogada en la rutina, en los deberes y responsabilidades, sin momentos de soledad e intimidad fuera de las horas de sueño (que además son interrumpidas constantemente por las necesidades del niño), caerá más fácilmente en el tedio, en el hartazgo, en el aburrimiento, en la monotonía y en el sedentarismo. ¿Cuántas veces se ve a mamás o a papás que, habiéndose olvidado de que tienen una pareja sexual, acaban subidos de peso y en fachas cómodas pero impresentables, como si no existiera alguien del sexo opuesto a quién atraer? Este tipo de situaciones más bien atrae tensión, fastidio, estrés, depresión, y los papás pueden acabar cumpliendo su rol de padres cargando afectos negativos, que evidentemente su hijo percibe, por más que se esfuerzen en ocultarlos.
Muchas veces, lamentablemente, he visto a niños diciéndome que por su culpa sus papás no están contentos entre ellos, otras tantas veces acompañado esto del clásico “mejor no hubiera nacido” o “¿para qué nací?”. Hay que evitar estos resultados, y ¿qué mejor forma que simplemente pasándola bien juntos?
4 nov 2011
Sugerencias para enseñar a niños y adultos con autismo
Para los papás de niños con autismo que todavía no conozcan la vida y obra de la profesora Temple Grandin, les dejamos este artículo escrito por ella:
En general, se recomienda que si sus lecturas o sugerencias de terceros les dan ideas para aplicar con su hijo, siempre compartan dichas ideas con los profesionales que lo están tratando. Podría darse el caso de que alguna sugerencia funcione para la mayoría de casos, pero no para alguno en particular, que bien podría ser el suyo. O también podría darse el caso de que el médico o terapeuta que ve a su hijo los ayude a adaptar su idea a la realidad particular de su niño, haciéndola aun más efectiva.
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